Terapia (22/03/19)

Viernes 22 de marzo de 2019.

11:30

Era hora de volver.

Un día tuve la Epifanía de que mi vida debería ser devota a la creación del cine. Me tomó un mes —o tal vez dos, la verdad perdí la noción del tiempo— hacer una micropelícula narrando el evento que fue de gran magnitud para mí. Dejé de escribir en ese tiempo. Después creí que ya no sería tan necesario. Oh, estaba equivocado. 

En el tiempo desde la última terapia hasta ahora han pasado varias cosas: regresé a México, cumplí 22 años, regresé a vivir a casa de mis padres, y creo que son todos los eventos de mayor relevancia para esto. Pero lo más importante fue sentir lo que espero que sea el último golpe de cambio de vida, o al menos por un rato. 

Explicaré a lo que me refiero. Cuando estuve viajando por Europa, fueron —más o menos— cinco meses intensos, en el sentido de que me acostumbré a que, por lo menos una vez al mes, viviría en un lugar diferente, con costumbres diferentes, a veces en países diferentes, y a veces estos cambios ocurrían una vez por semana. 

Sí, era emocionante, pero cada cambio venía con un precio. No quiero sonar como que me estoy quejando, obviamente disfrutaba cada cambio, pero el precio a pagar era acostumbrarme a una nueva rutina todo el tiempo, no poder formar un ritmo, porque para el momento que ya lo lograba hacer, era momento de tirarlo a la basura y buscar uno nuevo. Me refiero en dónde estaría trabajando, a qué hora, qué comería, dónde comería, cuánto tiempo tenía para mí, cuánto tiempo tendría que pasar saliendo por X o Y razones, qué tan lejos estaba la ciudad, dónde podía tomar fotografías, dónde podía grabar, qué tanto frío hacía, qué idioma tendría que hablar, entre otras cosas. 

Esto era emocionante. Me hacía recordar la sensación de llegar el primer día de escuela tras un descanso de mes y medio en el verano. Regresar y notar cada cambio, por minúsculo que fuera, que le hicieron a los salones de clases, si cambiaron el orden de las bancas, si cambiaron las bancas, si cambiaron el pizarrón, si pintaron de nuevo, si ahora es de otro color, si arreglaron el vidrio que rompimos jugando fútbol, si ahora hay cámaras en la esquina, si ahora añadieron un mural en el patio de juegos, si al fin ya hay una portería decente. Me dejé llevar. El punto es que era emocionante ver todo lo nuevo, los profesores nuevos, los alumnos nuevos, y todo esto llegaba como una dosis de adrenalina, sólo para desvanecerse después de una semana y ahora todo era lo mismo por un año más. 

Cada cambio era así de emocionante, pero me di cuenta que en cuanto a productividad no siempre es lo más conveniente. Descubrí que para mí, el balance entre poder ser creativo y productivo es añadir un toque de novedad lo más seguido posible, a veces puede ser una vez a la semana, a veces puede ser diario, pero balancearlo con una fuerte rutina. 

Solía detestar las rutinas, y aún lo hago, pero ahora las veo como ese mal necesario que es un gran determinante del éxito. Creo que la diferencia está en qué tanta parte activa tenemos nosotros en la rutina que llevamos en el día a día. 

Si yo no determino mi rutina, si permito que mi jefe, que mi trabajo, que mi vida, que mis amigos, que mi familia, que mi novia, que mi mascota, etc., determinen mi rutina, esto me hará miserable. Sobre todo si no es un trabajo, amigos, mascota, estilo de vida, que a mí me emocione. Esto acabará con mi alma y no sería necesario cometer suicido, porque la vida se encarga de matarnos por dentro. Esto es lo que ocurre si nosotros no determinamos nuestra rutina. Por eso la solía detestar tanto. 

Ahora la veo como algo que no es divertido, pero que es necesario. Si yo determino lo que voy a hacer en mis horas, no voy a odiar mi rutina, es más, en el tiempo que he estado tomando parte activa de hacer mi rutina, he descubierto que hasta he llegado a tenerle afecto. 

He estado descubriendo más y más que buscamos la libertad, que buscamos liberarnos de todas las ataduras de la vida, de todo aquello que nos detiene, y, mientras ésta es una búsqueda, no sólo noble, sino admirable, también es la búsqueda equivocada. No existe la libertad real, pues siempre viviremos encerrados en alguna jaula, aunque sea una enorme, siempre será así. Lo que debemos hacer es buscar la libertad relativa que nos va a hacer más felices, que nos va a propulsar al éxito que deseamos, que con sí mismo traerá una jaula nueva, la cual deberemos aprender a modificar para nuestro beneficio y que nos propulse a un nuevo nivel, que traerá su nueva jaula y continuar este ejercicio hasta el día que hayamos muerto. 

No pensé que terminaría así esta terapia. Ja. Extrañaba esto. 

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